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A mi hijo pequeño, Alejandro, le fascina conocer cómo funcionan las cosas, los dinosaurios y los legos. Le chiflan los superhéroes, se sabe todos los pokémon de pe a pa y es un ávido lector a sus 6 años. Nos taladra cada día, a todas horas con sus insistentes e incansables porqués, y san google ya empieza a estar cansado.

Mi hija Aitana es atlética de la cabeza a los pies, le encanta el deporte -no obstante practica gimnasia rítmica a nivel de competición- y escuchar música. Le va más la carne que el dulce, tiene una imaginación desbordante para crear historias, dibujar y grabar vídeos. ¡Ah sí! y ha acuñado el término preprepreadolescente con sus consiguientes dramas vitales.
Mi hijo Rodrigo disfruta como nadie con su perra Kiara en la calle, se ríe muchísimo con Doraemon y le encanta jugar con la tablet. El chocolate le pierde en todas sus formas y variantes y le vuelven locos los plátanos. Es obsesivo con las rutinas y la disposición de los objetos y me viene fenomenalmente bien para que al menos uno de los tres deje las cosas donde tienen que ir. Y todos contentos.
Alejandro y Rodrigo son maniáticos del orden, mientras Aitana vive en el caos permanente.
A los tres les encanta el helado que compramos en la Ibense, cerquita de casa, la ruina de la casa.
Alejandro y Rodrigo son golosos como una servidora, mientras que la mediana siempre elige los sabores salados como el padre.
A los tres les gustan los batidos de cacao y el bizcocho casero que les hago de naranja.
Los tres se pueden pasar horas en la piscina, chapoteando, entrando y saliendo del agua, en un bucle non-stop que implica casi casi la aparición de escamas y branquias. Y si no al tiempo.
Los tres se manejan con el Ipad de maravilla.
Los tres juegan a Pokemon Go…
Hay muchas cosas que los diferencian, pero también muchas que los unen.
Como cualquier persona. Cualquier niño. Independientemente de un diagnóstico o de una etiqueta.
Todos somos diferentes y también compartimos similitudes.
Rodrigo disfruta con un columpio como cualquier niño, tiene sus dibujos preferidos, sus peluches para dormir sin los que no puede conciliar el sueño.
Adora El canto del loco y las obras de muchos compositores clásicos (cultureta que nos ha salido), además de ser un bailongo y darlo todo mediante movimientos torpes y desgarbados, con una sonrisa siempre presente.
Rodrigo es cariñoso, muchísimo, sonríe, llora, conecta emocionalmente, aunque a veces le cueste identificar determinadas emociones en los demás.
Tiene que ir de la mano por la calle, no sabe hacerlo de otra manera, aunque estoy convencida de que si pudiera, sabría volver solo a casa sin ningún problema. De hecho atrévete a cambiar de calle cuando vayas al colegio, al parque, a terapias, que verás si te avisa. Ya lo creo que te avisa. Sus gritos y pataletas te avisan, Y MUCHO.
Nos mira a los ojos, vaya si lo hace, y nos sostiene la mirada con sus pupilas de color almendra. Y nos desarma.
Carece de lenguaje oral y utiliza apenas un repertorio de signos pero con estos, sus gritos y algún “Atáaa” nos transmite perfectamente cuándo está triste, contento o cansado, cuando tiene hambre, sueño o necesita un cambio de pañal.
Nunca deja de comunicar.
Se pasa los ratos sentado en una cama saltando mientras nos llama la atención con un gritito y nos busca son la mirada para que lo reforcemos y lo jaleemos.
Tiene intereses limitados y es desesperante, no os voy a engañar, pero no desistimos hasta que demos con ese algo que lo motive lo suficientemente para despertarle las ganas de jugar de una manera adaptativa.

Mi hijo Rodrigo tiene Autismo severo. Pero él no es el Autismo.
El Autismo está en él haciendo que su procesamiento del mundo sea distinto al nuestro y sí, es complicado de narices llegar a ponerse en su piel y adoptar su punto de vista…

El Autismo le ha robado -nos ha robado- muchas cosas, eso es cierto, pero también, con el tiempo, nos ha enseñado a mirar la vida a través de sus ojos, desde otro prisma.Y hemos crecido como personas y como observadores de una realidad que no siempre es blanca o negra, sino que está llena de matices.
Somos ricos en experiencias, somos más sabios, somos más tolerantes, somos más cariñosos, somos más empáticos, somos más resilientes, somos mejores padres, mejores personas.
Rodrigo es solo un punto más en el espectro del Autismo.
Pero hay miles, millones, cada uno con sus peculiaridades, sus características y puntos de coincidencia.
No hay que tener pena, ni lástima, ni temor. 
Solo entender que la vida se filtra a través de sus sentidos, de sus experiencias, de sus conexiones de otro modo y quizás haciendo un pequeño esfuerzo lograremos conectar.
Naturalizar, sin ver la etiqueta.
Viendo a la persona.
Porque mi hijo no es TEA. 
Rodrigo tiene TEA.
Y ante todo es un niño de 10 años que se llama Rodrigo.
2 de Abril.
Día Mundial para la concienciación del Autismo.