Pues así, a lo tonto, me quedan tres semanas para marcharme.
   Tantos meses con la sombra de la partida acechando, vislumbrándola como algo tan lejano, y ahora se me pasan los días sin darme cuenta.
   20 días.
Foto: rtve.es

  Y aún ando liadísima tirando cosas, organizando mudanza con tres almas asilvestradas por la falta de rutinas, sin saber cuándo nos entregarán el pabellón, sin saber dónde voy a ir mientras, sin confirmación de los colegios a cinco días del comienzo de las clases… 

   ¿Que si estoy nerviosa?
   La verdad es que no.
  La ciudad la conozco, hay amigos y conocidos que nos esperan, y vamos a ganar en calidad de vida.
   Pero hay algo que me quita el sueño. Mucho, del todo. CONDUCIR.
   Allí no hay distancias. 
  A ver, comparadas con las de Madrid, claro. Pero mira tú por donde, uno de los centros escolares que se encuentran más alejados de mi casa, que está en el centro es el colegio del de 7 y pico. Y allí no hay ruta, como es lógico y normal.
   No queda otra: hay que llevar al niño todos los días en coche. Y recogerlo, claro, que queda feo dejarlo allí hasta el día siguiente.
   Ahí entro en juego yo que será la que tenga que hacerlo y, ¡vaya! No conduzco.
   “¿Y cómo  no tienes carneeeet?”
    Pues sí list@. Desde el 97 concretamente.
    Pero, la verdad es que no he tenido necesidad de utilizarlo nunca. Bueno, necesidad necesidad sí, pero siempre me he podido escaquear, pero ya NO.
   Es que no me gusta conducir. Nunca me ha gustado.
   Me saqué el carnet porque era lo que tocaba. Pero no me gusta.
   Y me aterra la circulación. Ahora que encima he de llevar a tres niños ni te cuento.
    Y en todos estos años he cogido el coche en dos ocasiones.
   La primera, una semana antes de casarme, allá por 2003, ya que mi queridín se había hecho un esguince y tuve que llevarle al registro civil para temas de la boda, al médico y a un curso que estábamos realizando los dos. Tengo tan borrosos esos tres días que no soy capaz de secuenciar ni recordar cómo fui capaz de aparcar.
   Y, ese mismo año, en otra ocasión para darle una sorpresa a mi señoresposo que llegaba en avión.
   Ese día fue determinante en mi miedo irracional a conducir.
   El avión llegaba a las 5 (más o menos, no me pidas que me acuerde doce años después)
   La distancia de mi casa al aeropuerto era esta:
La línea gris: 13 minutos de distancia para 4 km

   Total que pensé en salir pronto por lo que pudiera pasar, o sea, salir a mediodía ya que no había ni Dios en las calles y no corría el peligro de atropellar a nadie,

  Así que una hora y media (o más) antes cogí las llaves del coche y allá que me subí.
  “¿Y ahora que hago?”
   Las manos empezaron a sudarme. Las piernas iban a la suya. Y el corazón se empeñaba en saltar por mi garganta y subir corriendo los cuatro pisos sin ascensor.
  Arranqué, giré a la izquierda, hice una rotonda, y yo ahí, con la radio, con un par, y mi visión en túnel pensando en lo chulaza que era por acordarme y lo bien que lo estaba haciendo. Ya en una avenida principal me di cuenta de que los coches me pitaban pero yo me mantenía como loca en mis 20-30 por hora, no fuese a desmelenarme. Y eso de mirar el retrovisor o poner intermitente como que está sobrevalorado, como pude comprobar después.
   Me sabía el camino, iba enfilada y cuando me quedaba nada para llegar: acceso cortado. ¿Y AHORA QUÉ HAGO?
Foto: lavozdegalicia

   Seguí las indicaciones y me hicieron dar un rodeo de un par de narices. Mi mapa mental (ya digo que la ciudad no da pa mucho) se iluminó y ví con claridad por dónde ir. Cuando se suponía que llegaba al desvío me lo pasé, pero no me di cuenta hasta que fui consciente de que iba subiendo y subiendo…y me iba alejando, alejando…y la valla ahí, a mi lado. Localicé un descampado, me bajé, empecé a hiperventilar y en eso que llegó una patrulla de la guardia civil.

   Yo blanca como el cemento, me decía “ya la he liado, aquí al lado de la valla fijo que me multan..” y tras preguntarme qué hacía les conté la verdad:
   – Mire, no conduzco desde hace 7 años. He cogido el coche sola por primera vez para ir al aeropouerto y me he perdido. Y aquí estoy con un bajón de tensión de no te menees, sin saber qué hacer, por darle una sorpresa a mi marido, y sé que no debería haber venido sola porque estoy muy nerviosa y ahora no sé cómo volver, y…
   Uno se dio la vuelta. Quiero pensar que no para reirse y sí para pedir refuerzos. El otro, que me había pedido la documentación me hizo el gesto de que lo dejara y me indicó amablemente por donde volver.
   Aún les escucho desde aquí.
   Y toda chula, ya con confianza, retomé mi camino y volví a ver casas y civilización, pero no encontraba el desvío que me indicaban. Total, Melilla no es tan grande y todos los caminos llevan a Roma. así que me metí por un caminito ya con gente, aunque no me sonaba mucho…
   MENTIRA. Ni todos los caminos llevan a Roma ni Melilla es tan pequeño. 
Paso fronterizo de Farhana
Foto: melillahoy

   En un abrir y cerrar de ojos me encontré, no sé cómo, en una fila, con coches detrás y mogollón de marroquíes en el paso fronterizo de Farhana. Ahí ya entré en colapso. Paré el coche.  Me pitaban, un montón de gente que entraba y salía Y yo sólo me veía en el trullo.

Foto: melillahoy

   Llegó un policía me hizo señas para avanzar y yo le hice el “no no” con el dedo. Se asomó a la ventana, le conté mi historia a punto de romper a llorar, y me ordenó que me pusiera en el asiento del copiloto. Me dio la porra y sacó el coche de ahí. Dio la vuelta, pasó el Centro de estancia temporal de inmigrantes y con un “pero cómo se te ocurre mujer?”me dijo que fuese la última vez que hacía eso si estaba tan nerviosa y que estaba a unos minutos del desvío del aeropuerto. Le faltó darme unas palmaditas en el culete y un besito paternal…

 ¡Y llegué! Saqué el tiket, eso sí, tras tres intentos de aproximación a la máquina. Ví una plaza libre y metí el coche como buenamente pude, todo torcido, porque para probar marchas atrás estaba yo. Pero ¡qué importaba! quedaban cinco minutos para el aterrizaje y yo necesitaba un Valium y un Lexatin, pero había llegado.
   Cuando mi marido me vio, me desplomé en el asiento, esperé sus reproches con una mezcla de sorna y tuve que aguantar una semana de cachondeos.
   Sigo pensando que fue la mayor prueba de amor del mundo mundial. Insuperable.
   Yo digo que sufro AMAXOFOBIA o miedo a conducir. Mi marido, que tengo morro.
   Así que, ¿¿¿¿cómo queréis que esté tranquila de pensar en tener que coger el coche otra vez????

Partiendo de 0, acabé en1, 2 y llegué a 3 en hora y media