Si en este momento me propusieran ponerle a mi vida el nombre de una película, “Una serie de catastróficas desdichas” sería el idóneo.
Y no hablo sólo de los millones de problemas del de 7 y pico, que también, sino mil cosas más relacionadas con todas y cada una de las facetas de nuestra vida.
Murphy, Karma, Destino, mala suerte…llámalo como quieras. La cuestión es que cada día ya uno se levanta a la expectativa, mirando por detrás del hombro a ver qué es lo que nos espera…

Hemos pasado por todas las fases: negación, cabreo máximo, tristeza desmesurada, culpabilización, resignación y conformismo entre otras.
El sentir que tienes una losa en la espalda y que constantemente te van añadiendo otra, y otra, y otra…así me siento yo muchos muchos días de mi vida.
Bien sabe Dios que mi señor esposo me ha soportado berrinches – y yo sus cabreos, aunque él no lo externaliza tanto- hasta el cansancio más absoluto.
Me he quedado dormida llorando. Me he encerrado en banda no queriendo saber nada del mundo mundial. Me he encabronado con todos los que tenía a mi alrededor que, posiblemente serían los que menos culpa tuviesen de nada…
Pero a veces las cosas pasan. Porque sí. A veces por malas decisiones, pero otras porque tenía que pasar, y te ha tocado.
Y digo yo, que puestos a tocar, que me toque un Euromillón de esos, que ya se dice que las penas con pan son menos penas, ¿no?
Y tras todos esos berrinches y cabreos llega la reflexión. El despertar y darte cuenta de que lo que consigues con esa actitud tan negativa y NADA es lo mismo.
NO se va a solucionar, ni te vas a sentir mejor.
Con el tiempo, los golpes y, afortunadamente la forma de ser de ambos, hemos aprendido que las cosas hay que solucionarlas. O al menos tratar de hacerlo, o paliar sus efectos. Que hay que actuar en cualquier caso.
Hemos aprendido a valorar las consecuencias de manera objetiva, y a darnos cuenta de que a toro pasado las cosas a veces no son tan trágicas como en un primer momento nos parecían. No se acaba el mundo, ni llega una lluvia de meteoritos, ni te quedas calva con un chasquido.
Hemos aprendido también a gestionar todo ese cúmulo de emociones negativas y transformarlas en subidones de actividad para hacer cosas, darles una salida útil y adaptativa.
Y sobretodo a hablarlo y compartirlo entre nosotros. Algo fundamental.
Cuando los acontecimientos escapan a nuestro control, cuando las circunstancias son externas, toda esa rabia se suma a la impotencia de saber que poco podemos hacer.
Pero yo te digo que se puede hacer, Y MUCHO.
Se puede canalizar esa energía negativa.
Se puede tratar de racionalizar y valorar alternativas.
Se puede tratar de sacar un aprendizaje de esa situación porque queridos, en esta vida, DE TODO SE APRENDE.

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Pero lo que nunca, nunca debemos hacer es caer en el conformismo ni resignarnos.

“Pues me ha tocado, qué le vamos a hacer,…que me vengan más como esta, total, si no voy a poder hacer nada”
Meeeeeec….errooooor…..
¿Y vivir con ese desasosiego y sensación de que hagas lo que hagas todo te va a salir mal?
Para nosotros la clave ha sido la ACEPTACIÓN.
El entender que ya ha pasado. Que es así. Que hay que lidiar con ello sí o sí. Y a partir de ahí marchar hacia delante.
Y marchamos.
Y no, no siempre vivimos en el Mágico mundo de Oz, en un sueño, pero si vivimos una realidad que, aun siendo dura y empeorando en no pocas veces, nos enseña lecciones a cada paso.
Y esas lecciones nos hacen más fuertes, más inmunes. más resolutivos, más familia, más pareja, más humanos.
Y más alegres y felices.
¿Alegres y felices? Sí, porque el SENTIDO DEL HUMOR es una de las armas más poderosas del ser humano. Y una sonrisa a tiempo, quitando fuego, desdramatizando.
Creedme.
Llevo, con lo joven que soy (40 añines) mucho, mucho a mis espaldas, y lo que me queda,
Pero valoro tanto lo que me voy encontrando por el camino que supera las dificultades con creces.
y ¡ojo! no soy ninguna superviviente ni una persona de hierro, no, soy quejica, pero quejica a dolor. Y a veces algo pesimista, pero siempre siempre llega el positivismo. Siempre.
En forma de niño, de un gesto, de una palabra.
Y en muchas ocasiones, más de las que puedo recordar, en golpes buenos, en situaciones sorpresa, oportunas que desvanecen a las otras de un plumazo, las dejan desarmadas.
Así que, yo elijo Aceptación.
Yo no me conformo,