El miércoles pasado llevé a mi casi seis al pediatra, una revisión rutinaria.          .
Me llamó la atención una niña a la que localicé de espaldas por llevar una melena larguísima, hasta la cintura, oliendo a laca y con mechas. Me quedé algo pasmada con el tema de las mechas, la verdad pero pensé que a lo mejor tenía qué se yo, quince, catorce años y bueno, sus padres le habían permitido  ese capricho. Ahí empecé yo a divagar con el temita de las mechas en niñas, y en que nunca le permitiría a la mía (digo hoy) comenzar a estropearse el pelo en pleno desarrollo.

Volviendo a la niña, vestía pantalones ajustados, sneakers con cuña y una larga sudadera de Violetta que completaban el conjunto. Nueve o diez años averigué que debía tener al ver los libros que sobresalían de su mochila, 4º primaria.
Al darse la vuelta fue cuando me quedé totalmente en shock: iba maquillada como una puerta. Labios rosas, colorete, sombra de ojos, rimmel y rabillo. No daba crédito. Sólo se me ocurrió que podía haber venido o estar camino de una sesión de fotos, tratando de justificar su aspecto. Por lo que pude escuchar después en conversación con su madre (que no es que yo estuviese cotilleando, Dios me libre, es que una sala en silencio da para mucho…), simplemente había venido así del colegio, lo que constaté al ver que a su lado había otra niña de la misma edad que presumo debían ser compañeras, solo que esta otra sí parecía ser una niña de 9 años, incluso menos.
Cuando vi la madre entonces lo entendí. Eran clones. Soy muy mala adivinando edades, pero rozaría la treintena por sus arruguitas de expresión. Idéntico estilo de zapatillas, pantalones, sudadera (no de Violetta), longitud y color de melena con mechas y brochazos de pintura a tutiplen…
Y en ese momento no sabía si sentir pena, vergüenza ajena o rabia.
¿Dónde estaba la necesidad?
¿Qué problemas podía tener esa madre para recrear una mini copia de sí misma sin pudor?
¿Acaso había sido la niña la que lo había pedido y la madre no había sabido/podido negarse?
Algunos diréis que no tengo derecho ninguno a juzgar, que no es mi hija, que no conozco la historia…Por supuesto.
Pero sí tengo el derecho a opinar, y lo que vi en esa sala de espera no me pareció normal. Era una niña sexualizada a más no poder, que destacaba de una forma descarada entre otras niñas que había en consulta de aproximadamente la misma edad. Comprobé que llevaba su propio bolso además de la mochila del cole, con un neceser lleno de potingues dentro…Oh Dios mío….
No digo que deban llevar a esas edades lacitos y vestidos, la identidad de cada una está ahí con la supervisión de los padres, por supuesto, y no nos olvidemos que son niñas aún, y les queda todavía infancia antes de entrar en la adolescencia.

Y es que cada vez la niñez dura menos. Existe una sobreestimulación ambiental que les llega a través de la televisión, los móviles, la publicidad, que les van presentando esa madurez precoz como lo normal.
¿Por qué esa prisa en madurar y en ser mujeres?
Tan sólo tenemos que consultar la programación de los canales supuestamente infantiles y ver qué series emiten, de niñas cantantes vestidas como adultas, con una independencia irreal, con todo a su alcance, en guerra constante por ser las más guapas y perfectas, y con séquitos de seguidoras que acaban prácticamente de quitarse el pañal.
Es así. Y mi hija sabe que no puede verlas. Sabe que en cuanto comienza la cabecera de determinadas series la tele se quita porque francamente, ver las historias, aventuras y desventuras de chavalitas de doce, trece años llorando por amores, desamores no creo que sea lo más apropiado para su edad.
Se me podrá criticar por sobreprotección, pero creo firmemente en el proceso evolutivo y madurativo de la infancia, y que hay un momento para cada cosa, y que estos años de ingenuidad y auto aprendizaje progresivo tienen un valor en la forja del autoconcepto y la autoestima de nuestros niños incalculable, que no necesitan ser acelerados, todo lo contrario.
Dejemos a las niñas que sean niñas, que crezcan y se desarrollen a su ritmo. Y preservemos su infancia, que para eso somos los adultos que cuidamos de ellas.