Hay personas que llegan a tu vida por casualidad, a otras las eliges como amigos o compañeros de existencia y otras vienen con el equipaje familiar.
    Hay personas que te llenan, otras que pasan por tu lado sin pena ni gloria, otras que te entretienen, y otras tóxicas.
   Y luego hay personas que están llenas de luz, de esperanza, de inocencia, de amor.
   Una de esas personas llegó a mi vida hoy, hace ocho años.

    Una personita que llegó en un momento durísimo y que supuso un antes y un después.

   Tras los primeros difíciles momentos, tras las incertidumbres, angustias, lamentos, llantos, tras todas esas emociones, consiguó darnos amplitud de miras, cambiar nuestros puntos de vista, darnos entendimiento.
   Nos ha cambiado la vida.
   Nos ha hecho mejores personas.
  Nos ha enseñado la nobleza que se esconde en una mirada limpia, en miles de abrazos desinteresados, en una sonrisa angelical.
   Nos ha liberado de prejuicios, de frivolidades, de egocentrismos.
   Nos ha regalado el don de la comprensión, de la tolerancia, del respeto, de la aceptación.
   Nos ha bañado en ternura, en sensibilidad, en compasión. Ha roto cada una de nuestras barreras y nos ha sanado.
   Y nos sigue enseñando en un camino que durará siempre. Cada día, en cada pequeña cosa, en cada pequeño gesto.
   No hay palabras para expresar lo que esa sonrisa, esas caricias, esos besos fallidos en ciernes suponen para todos nosotros. Te quitan las penas, se para el mundo, se acaban los sinsabores, los problemas.
   Dejando huella por donde va, porque ese es su papel en este mundo: cambiarnos y hacernos entender que lo diferente es belleza, necesario para sentiros completos, y que la vida es más cuando cambias tus prioridades.
   No podría concebir otro él ni otra familia.
   Por mucho días con luz hijo.
   Todo por y para tí.