“¡Ay pi, que hoy estoy con la pena” “Pero mujer, tú lo que vas es a petar”
   Con estas dulces palabras, todos los santos meses, mi costilla me avanza lo inevitable: se acerca mi Síndrome pre menstrual (SPM para las amigas) y amenaza con quedarse unos días antes de la implosión reglil.
   Por más que lo niegue.
   Está ahí. De libro.
   Ese día en el que duermes peor de lo normal, y cuando te levantas, al mirarte al espejo piensas que eres el ser más horroroso del planeta, te encuentras todas las manchas, arrugas y granitos por encontrar y tu pelo es una brocha despelechada. Probablemente como todos los días a las cinco y media de la mañana desde los últimos siete años de maternidad. Pero no. Hoy mucho peor. Dónde va a parar.
   El café te sale horroroso, se te cae, rebufas y te sientes inmensamente desgraciada por ser tan patosa.
   Te pones a revisar tu correo o las noticias, da igual, sea lo que sea lo que leas vas a acabar acordándote de alguno de los sucesos más tristes de tu vida y te vas a poner a llorar porque sí, porque te sientes triste, porque como digo yo: “ya estoy con la pena”
   Se levanta la tribu, los abrazas, los besas secándote las lágrimas, porque hay que ver qué desgraciada eres. Y persigues a tu costilla antes de irse a trabajar buscando confort y consuelo: “qué sola me siento”, “nada puede irnos peor” o “esto no tiene solución”, mientras a toda velocidad se enfunda el casco para mirarte a través de la visera y no pueda delatarle su mueca de “todos los santos meses igual…”, mientras te da una palmadita y suelta un “ea, ea, ea”.
   Así, pasas la mañana más triste de tu vida, limpiando, estudiando, trabajando, vagueando, da igual…hasta que de repente te percatas de los abrigos en el suelo, los juguetes esparcidos por toda la casa, las magdalenas dentro de la ducha…y empiezas a encenderte, a calentarte y más y más…
   Esa pena da lugar a una ira bíblica, apocalíptica. Te ves a tí misma soltando espumarajos mientras recoges, estropajo en mano, y vociferando en voz alta: “Es que así no se puede vivir, van a acabar conmigo”…y un “uy como me llame la que le voy a liar, siempre igual, como aquella vez en el 97 cuando llegó media hora tarde y yo venga a esperar haciendo el ridículo”…
   Entras en una espiral, y cada vez más colorada y más irritada, cabreada, vas a mil por hora hasta que te das cuenta de que son las dos, “pues que se haga de comer, hombre”.
   Y cuando tu queridín llega y te ve el careto…apenas se atreve a soltar un “holacomoestáspi chónvoyahacermelacomidatúdescansa”, porque sabe que, cualquier palabra de más o de menos puede desembocar en Troya porque, no nos engañemos, enfadada das muuuucho miedito.
   Ya por la tarde, más sosegada, te pregunta si te ha venido la regla, y tú le dices que nooo, que no te toca, que no estás así por eso. 
   Así durante dos o tres días de altibajos, y atracones, y faltas de sueño hasta que efectivamente, te haces mujer una vez más. Pues va a ser que el susodicho tenía razón…
   Como todos los santos meses.