Llevo desde hacer días pensando en cómo retomar el blog tras más de dos semanas de parón que se han hecho eternas.
Tenía pensado hablar de lo difícil que ha sido conciliar durante estos tres meses, sobre libros, libros diversos, sobre enfermedad y superación, presentaros un nuevo testimonio de Familias diversas, hacer un llamamiento a las familias con Psoriasis para poneros en contacto conmigo, contaros cómo casi enloquezco los diecisiete días de vacaciones con los niños en casa…pero no.
Hoy vuelvo compartiendo un sueño que me remueve por dentro y me deja tocada. Un sueño recurrente que me consta no es de mi propiedad ni exclusivo de mis ensoñaciones. 
Hace poco Madre reciente compartía en redes esos mismos sentimientos con los que me sentía tan identificada y me hacían comprender lo unidas, aún en la distancia, que podemos llegar a estar las familias en las que el silencio es la constante en la vida de nuestros hijos.
Anoche soñé que mi hijo Rodrigo hablaba.

Esta fantasía onírica recurrente siempre discurre de la misma manera. 
Habitualmente nos encontramos en casa y, de pronto, #Elde9 pide algo; agua, tele, comida, un abrazo…La locura se apodera de todos, llegan gritos, llantos, risas, saltos…
En esta ocasión más que palabras eran sonidos similares a los balbuceos de los bebés, como “aba”, “mamá tiero”, “teno sueño”…algo que me pareció tan realista que al despertar no sabía si había estado sumida en una fase REM, o había sucedido de verdad.
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Es difícil explicaros lo que se siente. 
Responde a un anhelo tal, que el hecho de soñar con ello de manera tan vívida, hace que te despiertes aún con lágrimas en los ojos y el corazón acelerado.
Creo que hoy en día no habría nada en este mundo que pudiera hacerme más feliz y completa que ese sueño hecho realidad.
Pero cuando acabas despabilando, cuando verbalizas lo que te ha sucedido y lo compartes con tus otros hijos, tu marido, es cuando se disipa ese subidón de endorfinas.
Cuando lo ves acercarse emitiendo soniditos que tienen tanto significado, pero que no son palabras, aunque sepas que la comunicación puede hallarse en mil elementos.
Pero escucharle hablar…
¡Qué no daría yo! 
Esa mirada de dolor y desesperación cuando le duele algo y no sabemos qué. Esas rabietas de impotencia por no poder expresarnos sus deseos y por no comprenderlos.
Esos millones de abrazos que me regala y esos millones de besos que me pide a lo largo del día silenciosos, que bien podrían ir acompañados de un “Mami, te quiero”, o un “Puaj, déjame ya pesada”, como cabría esperar en un chavalote de 9 años y medio.
Los sueños dicen que representan emociones contenidas, anhelos inconscientes, historias inconclusas o pendientes…
A mí estos sueños me destrozan anímicamente, por mucho que sean sueños, porque me recuerdan lo que quiero y no tengo.
Pero la vida sigue, más allá de las fases del sueño, de esos momentos. 
La vida es una vigilia de realidad, menos edulcorada pero tangible, predecible. Y a eso me aferro, a una situación que controlamos, a una comunicación insonora y diferente, y a una esperanza que no perdemos, nunca perdemos, porque nadie sabe.
Nadie nos dijo jamás si hablaría o no. 
No sabemos el alcance de las lesiones que la epilepsia pueda dejar en el área del cerebro responsable de la producción del lenguaje. 
Quizás algún día ese foco se traslade, desaparezca y pueda tenerlo exigiéndome una natilla de chocolate, aún sabiendo que no puede comerla.
Quizás, ¿verdad?