Un día más me sorprendo con este sentimiento de abandono. Me sorprende verme afectada, ya que lo cierto es que mi maternidad la he vivido, mayoritariamente, en soledad.

La vida me ha llevado -nos ha llevado- por la senda de los cambios, y eso implica no contar con apoyos familiares ni de redes cercanas. Y aunque parece que por fin hemos encontrado el lugar, aún no hemos acabado de asentarnos y la incertidumbre vuelve a planear sobre nuestras cabezas.

Entre todos estos cambios, períodos en los que mi otra mitad debe ausentarse, durante a veces semanas, otras meses,

Mientras, la vida sigue. La vida de unos niños con tareas escolares, exámenes, cumpleaños, entradas y salidas, tutorías, extraescolares, enfermedades, accidentes…cosas de niños.

También la vida de un niño con discapacidad: ruta escolar, reuniones, estimulación, urgencias más a menudo de lo que me gustaría, convulsiones, heridas abierta, crisis de autismo…cosas de un niño con discapacidad.

Y no en pocas ocasiones estas confluyen en el tiempo, de manera que te ves en urgencias con los tres, o llevando a uno de ellos con casi 40 de fiebre y un frio de muerte porque no puede quedarse solo en casa y hay que acompañar o recoger a sus hermanos.

O tú misma estás enferma. Da igual cómo te sientas, qué síntomas te mantengan en cama. Da igual que acabes vomitando en el parking al lado del metro, porque tienes que ser tú, no hay nadie más.

Te olvidas de planes, de cualquier actividad más allá de las cuatro de la tarde o fines de semana. No entran en tu calendario sesgado y milimetrado. Y las horquillas de horas que quedan disponibles para trabajar o poder salir de casa dependen de mil variables, lo que hace que cada día te levantes con esa suerte de espada de Damocles encima, sin saber hacia dónde va a caer.

Organizarte más allá de un par de días es una osadía, es retar a la diosa Fortuna porque al final surge algo, la mayoría de las veces.

Y vas aguantando, con más o menos resignación.

Minimizas esa cita que te hacía ilusión con tus amigas, ese congreso al que te apetecía ir. Después llegan las entregas relacionadas con el trabajo que deben demorarse y el no poder asistir a compromisos que sí son importantes.

Porque no tienes con quien dejar a los niños. Porque de pronto uno enferma y no hay más que hacer. Porque la lejanía es caprichosa y tiene sus propios planes, y ha decidido que sigas con tu maternidad en soledad y que no tiene mucha intención de cambiar su actitud contigo.

Hay días en los que la vida se te hace bola, se te atraganta. No sale una a derechas.

Miras a un lado y a otro y ves soledad. A tus hijos ya tí, y ese sentimiento de desazón te provoca un llanto imparable. Sabes que es tensión acumulada, que es una excusa para desahogarte, pero te duele. El no poder de nuevo hacer, el tener que dejar de, el tener que avisar de que no puedes…

Y solo quieres rodearte de tus pequeños que son un pequeño rayo de luz, por muy cansada que estés, aunque se peleen, aunque estén a sus cosas.

Criar en soledad es agotador físicamente, pero nada comparable con el estrés vital, ese que se transforma en ansiedad, que se somatiza en taquicardias. Que no te deja dormir en paz.

Abrazad lo que tenéis. Aceptad esa mano que se os tiende. Tomad las ofertas de ayuda que os hagan. Son regalos impagables.

Hoy no ha sido un buen día, la verdad.

He llorado, y mis hijos lo han sabido, se lo he explicado. Luego hemos jugado, y nos hemos abrazado. Mientras hago mi personal ejercicio de catarsis escribiendo estas palabras, la mediana me espera en mi cama porque va a dormir conmigo, para acompañarme.

Yo me he vaciado ya. Ahora estoy ligera…y veo que estos sentimientos de desazón y derrotismo cada vez duran menos. Implican que la aceptación va cumpliendo su papel, aunque no quita que en días así la vida en general me caiga un poco mal.

Pero mañana será otro día.

Con nuevas historias, nuevas emociones. Y la vida en soledad seguirá, enseñándonos resiliencia golpe tras golpe.