No, no nací cansada.

   De hecho, siempre he sido madurgadora pero he dormido bien.
   Hasta que fui madre, y ahora una MOMBIE.
   Y no soy la única como sabrás. Somos una auténtica tribu.

“Ay tus hijos, no se lo consientas”
“Dales algo para dormir”
“Yo los tenía en la cama y de ahí no se mueven hasta que yo lo diga”

   Son algunas de las perlitas que he de escuchar con frecuencia y no sé si me pone triste o de mal humor.

   Vamos a ver.
   En mi casa se duerme mal desde el día 2 de ser madre, porque el 1 el de casi ocho durmió como un bendito aunque su padre y yo nos pasamos la noche casi en vela vigilándolo, cosas de novatos.
   Desde aquél día 2 todo ha sido una montaña rusa, que, la verdad sea dicha, cada vez tiene menos pendientes.
   Un niño con crisis nocturnas, suponemos que con dolores de cabeza (suponemos porque él no nos lo puede contar) y un trastorno de ciclo de sueño. Desvelos definitivos a las dos, tres de la mañana acompañados de gritos y llantos. Una bebé que duerme plácidamente hasta que comienza a despertarse también por los evidentes ruidos que su hermano, de manera incosciente e involuntaria produce de madrugada, y ahí se crea el hábito. Y un tercero que duerme como un tronco hasta que sucede lo inevitable. Y así estamos.
   No, al mayor no le he podido dar nada porque crea interacción con los antiepilépticos pero la Melatonina nos cambió la vida en un momento determinado.
   Y así hoy, casi 8 años después, tenemos tres niños con ciclos de sueño  muy cortos, que duermen algo mejor, porque todo mejora, pero con despertares aún muy tempraneros.
   Y no, no les voy a dar nada para dormir porque no hay nada fisiológico de base.
   Porque con rutinas de colegios y deporte siempre duermen algo mejor y cuando llegan las vacaciones empeoran. Es así. Confiemos en la rutinización que el curso escolar nos va a proporcionar en pocas semanas, porque nuestras pretensiones no son ambiciosas: que duerman un número saludable de horas del tirón. Y ya.
   No aspiro a 12 horas, ni a que se levanten a las 9 de la mañana, ni a las 8, y si me apuras, ni a las 7 si consigo que duerman 9-10 horas al menos.
  Y me quejo, pues sí, como tantas mamás. Y muchas veces me rio de lo que llamo mi “desgracia personal”. Porque si no, ¿qué hacemos?¿Ser manojo de lágrimas todo el día?¿Un toro empitonado y cabreado? Que las consecuencias de la falta de sueño son muchas, y ninguna de ellas para tomárselas a risa. Ninguna.
   Las primeras son evidencias físicas. Ojeras, piel ajada, pelo estropeado, más canas de las que deberían, agotamiento, alimentación desordenada…y más.
   Y también tenemos las psicológicas: irritabilidad, ansiedad, el cabreo semipermanente, esa mala leche que viene de serie algunos días. Nadie sabe cómo se siente una madre insomne cuando grita a sus hijos y sabe que no tiene razón de ser, que es desmedido e injustificable. Estar enfadada con ellos por tonterías y con el mundo en general.
   Estado emocional de tristeza. Llorar por chorradas, por detalles minúsculos, con sentimientos negativos que te acompañan gran parte de la jornada. Esa madre que hay días que es una sombra de tristeza, y tus hijos no se lo merecen, pero no, no puedes evitarlo.
   Desorganización y olvidos. Darte cuenta de que te has dejado el fuego al máximo con la comida cuando estás llegando al colegio para recogerlos, nadie puede pasarse por casa para apagarlo y te quedan como poco 40 minutos para regresar. Esa angustia pensando en un posible fuego, y llegar a casa y ver una cortina de humo, dando gracias sabiendo que si hubieses llegado 5 minutos más tarde la tragedia hubiera sido real. Olvido de niños, de fechas, de datos…
   Es una realidad. 
  Puedes tomarte algo para ayudarte a descansar, pero hay un hecho, y es que te van a despertar en algún momento. ¡Es normal, son tres y pequeños! Y no pasa nada, pero quejarse es gratis ¿no? Y asi liberas, quejándote, no te vas a guardar TAMBIÉN eso, que ya lo haces con muchos más sentimientos y sensaciones…
   Así que me quejo, pues si. Soy una MOMBIE, como tantas otras. Mis hijos duermen mal, como tantos otros, y es una faena por no decir otra cosa. Y me toca amochar. Que duermen mejor que antes, ¡claro!, que pueden seguir mejorando, ¡por supuesto!
  Así que seguiré reivindicando quejarme y a reirme de mí, porque sí, porque para familia disfuncional la mía.