El sábado es mi día preferido, con diferencia.
   Levantarse -a pesar de los madrugones- sabiendo que hoy las prisas y el estrés quedan aparcados. No hay horarios, ni obligaciones. Sólo un día cargado de oportunidades y momentos para compartir.
   Es el día del paseo matutino, en el que el papá se lleva bien temprano a la triada “de aventuras” mientras la perra corre y suelta energía. El día en el que mientras pisan playas rocosas, imaginan aventuras piratas, descubren escondites secretos, yacimientos de fósiles e imaginan mil y una historias…

 Mientras, el descanso del guerrero, aprovecho para relajarme, desconectar, escuchar el silencio.
   El día de la docena de churros con chocolate, comidas improvisadas, de peli con palomitas, de manualidades, de imaginación.
    El día de la familia.
   Y con esa ilusión lo comenzábamos hoy en la cocina, dándole de desayunar al mayor, haciendo planes, cuando el café se nos atragantaba escuchando la barbaridad sinsentido acontecida en París.
   Entonces el día se oscurece, el corazón se encoge y un nudo en el estómago me impide acabarme la magdalena, e, inevitablemente me transporto a las sensaciones vividas años anteriores, cuando las Torres gemelas, Londres y los cercanías de Madrid nos hicieron sufrir y temer y cambiar la forma de vivir.
   E, inconscientemente, decido unirme a los expedicionarios, escalar con ellos, descubrir tesoros, vigilar escondites, espiar a los piratas y dejarme querer. Hoy más que nunca necesito sentir que todo tiene un propósito, un sentido y ser consciente de que mi familia está aquí, hoy, en este instante.
   Hoy no planifico, no me planteo el futuro. No existen las preocupaciones, ni los problemas. No pierdo el tiempo en proyectos ni en cálculo de probabilidades.
   Hoy quiero que el cariño, la paciencia, el respeto, la alegría marquen a mis hijos. Hoy. Que sea lo que permanezca en sus retinas.
   Que cuando me hagan preguntas al ver las noticias sobre qué ha pasado, sepan que hay gente que hace cosas malas porque sí, pero mucha, mucha, mucha otra buena, que les rodea y les cuida. 
   Y creo en el karma, en la justicia y en que la normalidad reinará en algún momento. De nuevo.
   Por eso aún con la amargura instalada en mi pensamiento, decido seguir con lo cotidiano, decido como toda esa gente que, a pesar del dolor y la pérdida, han aparcado el miedo y han salido a la calle.
   Cualquier día, cualquier momento.
 No quiero que mis hijos vivan rodeados de miedo.