Un 5 de abril de 2003, subidos al altar, de frente a todos nuestros invitados, amigos y familiares, Leo, un sacerdote amigo, muy amigo nuestro nos preguntaba: 

  – ¿Y vosotros?¿Cuántos hijos querréis tener?
  A lo que ambos contestamos:
  – Tres
  – Cinco
  – Los criarás tú, ¿no?

Y ahí empezaba la historia.

Queríamos tenerlos, no había duda, pero tampoco habíamos hablado demasiado del tema. Teníamos tantas cosas por hacer, y con traslados, trabajos y la vida que llevábamos, no parecía llegar el momento.
Pero tampoco lo hacía el instinto. Yo eso del reloj biológico nunca lo entendí. Por más que agudizaba el oído, oye, que no escuchaba nada de nada.
Y de repente un día, ¡blam!, ¿Nos ponemos? Pues nos ponemos. Y vaya si nos pusimos.
En ese momento sí lo teníamos claro: queríamos familia numerosa. 
Y no fue fácil. Ya sabéis lo de mi primer embarazo fallido. Luego llegó mi 7 y pico, a los 8 meses la mediana y en ese punto llegó el momento de plantearse, con la que se nos avecinaba con el mayor, si seguiríamos adelante con nuestro proyecto de vida. Decidíamos que sí, que era lo que queríamos. Entonces esperábamos al de 3 y pico que resulta venía con un virus. Pero optamos por seguir adelante y aceptamos lo que nos deparase el futuro.
Entonces sí que sí. Llegaba ese momento, éramos familia súper numerosa (porque el mayor vale por tres, palabra), lo llevamos con muchísimo orgullo y nos encanta hacer gala de ello por dónde vamos.
Aunque nos queda esa espina, alguno más.

Mi marido, con la pena del mundo por no haber tenido las gemelas. Por alguna extraña razón que se me escapa, estaba convencido de que íbamos a tener dos niñas, y las iba a llamar Noor Inés y Jimena. A ver, que loco loco no está: ambos tenemos antecedentes familiares de partos múltiples pero no nos tocaba a ninguno de los dos y esta vez la herencia hizo sus deberes.
Y yo también me quedo con ese pellizco.

¿ESTÁS LOCAAAA?

A lo mejor, pero a veces me da la impresión de que me falta algo más para estar completa.
Una familia grande no es un camino de rosas, es complicado. Sí, además, sólo hay un sueldo en casa puedes hacerte una idea. Si encima no tienes ayuda por tus circunstancias apaga y vámonos. Y si ya, para rematar, uno de tus hijos tiene Autismo + discapacidad intelectual + Epilepsia puedes ser tachada de insensata.
Pero lo repetiría una y otra vez, y es que sólo soy capaz de ver lo bueno de esta opción de vida:
   – La compañía. Ya no la tuya, sino la que se hacen ellos, y que, a la larga, te facilita mucho la labor de la crianza. Cómo se lo pasan, oirles jugar, reirse en complicidad, y chillarse y pelearse, aunque siempre acaban volviendo a buscarse unos a otros. Y cómo se cuidan. Además, se socializan muy pronto. Esto es así.
  
  – Las anécdotas, que al final son la sal de la vida, lo que minimiza cada momento amargo o complicado. El típico “si no fuera por estos momentos”. El de tres es una fuente inagotable.
KicoNico-Imaginarium-colada-tres-blog

   – El aprendizaje en valores de estos niños, que no podrán ir de viaje a la nieve, ni a Eurodisney como otros amigos del colegio, ni a un resort, ni podrán tener muchas cosas de momento…pero ahí es donde estamos nosotros, haciéndoles disfrutar de cada pequeño regalo, aprendiendo el valor de lo que tienen, y de que se puede ser feliz con menos (anda que no nos sobran cosas a los mayores que pensamos son imprescindibles, poneros a preparar mudanza y me contáis)

   – La capacidad de organización que se desarrolla en una. Oye. Es una maravilla. Ya puedes ser un desastre que te garantizo que vas a aprender a gestionar el tiempo, el espacio, los recursos con los ojos cerrados. La expresión Multitarea se inventó para una madre de familia numerosa. Seguro.
   – La alegría. Son felices. Mis hijos lo son, y mucho. Con cualquier cosa, por tonta que sea. Disfrutan de todo con una intensidad tal que emociona. Y ni os quiero contar de cómo celebramos cada logro del mayor!!!
Baño-tres-numerosa-AFAN-diversión-Agatha

    – La colaboración, aunque sean pequeños. Aunque estemos en esa lucha contínua, saben que esto es un trabajo en equipo, sino no funciona. Es el punto en el que nos encontramos. La teoría se la saben. Lo diez primeros minutos le ponen muchas ganas, después colaboro sóla conmigo misma. Pero tiempo al tiempo.

   – Hay besos y abrazos para dar y tomar. ¡Ay de tí si eres despegado! Te guste o no. Y el beneficio del abrazo es maravilloso. Ese momento en el que estás de bajón y aparecen brazos, manos y morritos por todas partes…

La asunción de responsabilidades. La mediana cuida del pequeño. El pequeño ya quiere cuidar de se hermana. Cuando mamá está malita quieren cuidarme. Y todos queremos cuidar al mayor.

   – Aprendes a valorar el silencio y a medir el tiempo. NO te imaginas ni lo que cunden 24 horas ni lo que se escucha en el silencio de la noche. Es impagable,

   Podría estar horas. 

Y no todo es perfecto, que no. Piensa en la lista de la compra, la ropa, los regalos de reyes (bueno, esos no, que vienen de Oriente, ya tú sabes) Pero al final del día, se te olvida. Y te vas quedando con esos instantes que te regalan y que van a perdurar para toda la vida.