Con el primero te faltan manos, horas, ojos, no te pierdes un pestañeo, no sea que la cadencia de parpadeo no sea la adecuada y esconda algo patológico. Corriendo a urgencias…
   Con el segundo ya es un, “acuérdate del primero que no era nada, vamos a observar no obstante”
   Con el tercero “Venga, no seas quejica y aguanta un poco, anda”.
   ¿Qué nos pasa a los padres?¿Vagancia?¿Comodidad? La experiencia es un grado, dirán algunos. En mi caso, optimización de recursos, temporales y personales.
   Con el primero en cuanto el mercurio marcaba 38,  pitando a la Quirón, daba igual la hora que fuese. Digo el mercurio porque o yo debo ser muy torpe, o tres termómetros de estos de oreja digitales y no hay uno sólo que me funcione bien.
   Con los siguientes vas esperando. Si sube…un Dalsy. Que sube más…Apiretal…Que sube algo más…paños fríos. Que sigue la fiebre…uyyy…es que vamos a ver si en dos días mejora, si no le llevamos al Pediatra. 
   Y es que al final acaba una harta de hacer colas interminables en el hospital para que llegues, le esté bajando la fiebre y te digan, “es que si no hay más síntomas….espere usted un par de días”.
   Y yo espero, espero.
   Con el primero, una semana sin guarde o cole.
   Con los otros, yo te mando a clase chutado y si te da el bajón que me llamen.
   Que no quería comer el primero, vaya por Dios.
  Con el primero ocho horas delante del plato, cantando, bailando, haciendo aviones, cucamonas, bañando la cocina y todo tu ente en purés de colores bastante dudosos, hasta que al final consigues, no sin llantos y nada de paciencia, que se lo acabe.
    Con los otros, mira te doy quince minutos, si no pues sin comer, que nadie se muere por no comer un día.
   O si el primero no tenía apetito y mala cara, pobrecito. Te doy un yogur o qué te apetece….con tal de que comas algo…Vamos al médico que tú no estás bien.
   Con los otros, anda y déjate de cuentos. Y ya cuando ves que el niño se vuelve de una tonalidad entre verdosa y amarillenta comienzas a tener algo de fe en que realmente está poniéndose malito.
   Todos los segundos comienzan a andar antes, a hablar antes, les dan mil vueltas.
   Y los terceros nacen enseñados y no sólo les dan mil vueltas, sino que hacen el mortal hacia atrás con voltereta lateral incluída.
   A lo mejor es que cuando los primeros intentaban andar en un momento en el que creíamos que no estaban preparados, salíamos corriendo a su auxilio, apartando obstáculos, ofreciéndonos a la mínima  por si podían perder el equilibrio y, sin darnos cuenta, quitando oportunidades. 
   ¿A que los segundos y terceros van siempre aporreados, achichonados y cubiertos de mugre?
   Esa sobreprotección desaparece con los otros, porque no hay tiempo. Porque te faltan horas. Porque te faltan manos y aprendes del desarrollo infantil de forma natural. 
   Y no pasa nada, no somos malos padres cuando no los llevamos al médico a los quince minutos de toser, o porque hayan vomitado la comida (especialmente sangrante es el caso de mi 3 que se pega unos atracones descomunales y luego pasa lo que pasa)
   Reivindico la optimización de recursos, el Dalsy y el Apiretal, la falta de supervisión constante, el suelo como medio de desarrollo y aprendizaje y la tranquilidad ante las caídas constantes.
   Que lo soy, una @malamadre estupenda…