Mucho se habla del llanto de los bebés. De cómo se pueden distinguir diferentes tipos según las
necesidades puntuales (de afecto, hambre, miedo, etc) y de cómo, según van madurando y sus habilidades de comunicación se van desarrollando, esos llantos dan lugar a otras herramientas para relacionarse.
Mis dos hijos neurotípicos han seguido esos patrones. Lo cierto es que me salieron “poco llorones” ambos. Ahora, con 6 años uno y 8 la otra, esos episodios corresponden a momentos determinados de rabietas, frustración, pena o dolor. Situaciones muy concretas.
Sin embargo, con Rodrigo, mi hijo mayor el tema llantos ha sido -y sigue siendo- todo un desafío. Desde el primer momento.

Para empezar en el parto. No lloró, ni lo hizo hasta el día siguiente bien entrada la mañana. “Qué niño más bueno” -decíamos- “ha dormido del tirón y no ha llorado nada”. Entonces comenzó y no paró.
No paró por años.
Un llanto desconsolado que no sabíamos identificar. Le daba el pecho y seguía llorando. Lo cogías y seguía llorando. Constantemente. Desesperadamente.
Un día tras otro hasta llegar al año. 
El llanto se centralizó en las noches.
Identificábamos el hambre y el pañal. El resto se nos escapaba.
Cuando a los 18 meses comenzamos a controlar el sueño, a normalizarlo, el llanto nocturno casi desapareció y, al menos los desveles eran más silenciosos, aunque duraron años.
El tiempo ha seguido su ritmo, y su lenguaje no ha hecho aparición.
Hemos tenido que aprender a identificar tipos, no solo de llanto, sino de sonidos para entender y dar respuesta a sus necesidades.
Cuando un niño llega a la edad de 8, 9, 10 años como es nuestro caso, y no tiene más herramientas, su llanto se convierte en la emisión de gritos cuando no corresponde a pena o dolor. Son alaridos potentes, incontrolados, acompañados de rabia y frustración. Los utiliza para comunicarse y nos utiliza a nosotros como un instrumento, llevándonos, guiándonos…
Sus sonidos ya no tienen secretos para nosotros y nuestro entorno se sorprende bastante pero no es algo tan excepcional. Para nada.
Observar noche y día, sus diferentes tonos, sus expresiones, sus gestos…nos han proporcionado un abanico comportamental que, si bien es a todas luces insuficiente, nos sirve para salir del paso mientras tratamos de encontrar formas de establecer una comunicación alternativa.
Anoche, sin ir más lejos. 
Se acostó estupendamente y a las 11 de la noche empezó a quejarse. Sabíamos que era cosa del sistema digestivo. Al cabo de las horas seguía quejándose pero de otro modo. Mi marido no sabía que hacer y, sobre la una le hice el relevo, aunque estaba en el sofá del salón esperando a salir corriendo, cosas de madre.
– Vete tú, que mañana trabajas. Este llanto es de vómito, voy a por toallas.
– ¿Sí?
– Ya lo verás
A la hora estaba echando la comida de dos días.
A la hora y media convulsionaba con una intensidad brutal.
El resto de la noche fueron alaridos intermitentes. El tiempo nos ha enseñado que, tras las crisis probablemente sufra cefaleas. 
Entrada la madrugada, casi al alba su llanto era significativo de un cambio de pañal.
Y así, a pesar del cansancio y la preocupación obvia, pudimos dar respuesta inmediata acudiendo a su llamada con toallas, con pañales, sin andar indagando y haciendo ensayo y error. Esto le calma, le reconforta porque el atender a su llamada de una manera más o menos inmediata le genera seguridad. Y a nosotros tranquilidad.
Es cierto que hay momentos de desesperación en los que no sabemos qué quiere o qué necesita. Ambos nos ponemos nerviosos y acabamos -él y yo- llorando áun más por la impotencia. Pero poco a poco vamos encontrando un sistema que mezcla algún gesto con las manos, con su expresión facial, algún balbuceo… que acompañan ese llanto y lo dotan de significado.
Prestar atención a nuestros pequeños, atentamente, puede ayudarnos a afrontar esas barreras comunicativas, más allá del instinto de madre.