Blog-blogger-bloggera-maternidad-superación.optimismo-discapacidad– ¿Y qué tal andas?
– Pues aquí vamos, tirandillo.
Tirandillo.
Hace ya unos años, bastantes, me encontraba por estas fechas, escuchando unas charlas y recuerdo un momento en el que la persona que intervenía comentaba eso mismo, que siempre estaba tirandillo, y que quería dejar de estarlo, porque eso era vivir a medias. 
Tirandillo.
O lo que es lo mismo, sobreviviendo que no es poco.
Y si echo la vista atrás, puedo concluir que mi existencia, últimamente es esa, la de vivir tirandillo o sobrevivir. Sin más.
Esperando, siempre esperando.
A que #Elde8 despegue, y seguimos esperando 8 años después.
A que la conciliación sea una realidad y ocurra un milagro que me permita salir de este agujero negro que es la no reincorporación al mundo laboral.
A que los problemas que van surgiendo día a día se solucionen, en lugar de explotar y salir nuevas historias por generación espontánea. 
A que la suerte, de una vez, decida acompañarnos.
A un cambio de destino que sea definitivo.
A poder sentar raíces.
A esperar la espera.
Y así se nos van pasando los días, sumergidos en la inercia y la rutina, que, si bien en nuestro caso es casi obligada, hay mucho de desidia por nuestra parte, reconozcámoslo.

Entonces, llega uno de esos días en los que te da por pensar. En el futuro no muy lejano, en la preadolescencia del mayor inminente y sus carencias, en que el tiempo se te escurre entre los dedos, y, a punto de cumplir los 41 no ves un propósito, no ves logros ni nada que te diga que tu vida ha sido o es algo extraordinario.
Claro, entonces te da el bajón.
Comulgando en este punto con mi querida Olga, de Cuéntamelo Bajito, que el otro día comentaba estar en un momento de reflexiones vitales, yo llegaba a la conclusión de que no quiero seguir viviendo tirandillo, ni mucho menos sobreviviendo. Porque no.

Porque cada día es único, porque mis hijos crecen, más rápido de lo que me gustaría. De hecho parece que van en un avance exponencial y me da vértigo, me muero de miedo.
Porque, si bien hay que pensar en el futuro, el medio plazo y el mañana están más a nuestro alcance. 
Porque, si puedo disfrutar de dos ratos de risas, de ocio compartido, de no hacer nada con ellos, no quiero perderlos escondida hecha una bola debajo del edredón, esperando a que pasen las horas.
Sintiéndome angustiada, con congoja y con una persona a mi lado impotente por no saber como ayudarme.
Ya lo ha hecho, tan sólo estando a mi lado sosteniéndome y dándome mi espacio.
No es fácil lidiar con tantas cosas porque no soy una súper madre ni una súper mujer. Soy una persona que ha visto sus sueños frustrarse en más de una ocasión, entre renuncias voluntarias, involuntarias y azares de la vida. Pero, si miro con perspectiva, más allá, sí lo veo, que mi vida tiene cosas maravillosas que sí, hacen mi existencia extraordinaria,

No quiero sobrevivir, quiero vivir, Y no, no voy a hacer grandes viajes, bueno, ni grandes ni pequeños, ni voy a vivir aventuras que pasarán a la historia. No voy a ponerle mi nombre a ningún descubrimiento, ni se hablará de mi en los libros, no pasaremos por la familia más activa ni más divertida, pero es la mía, disfuncional, algo aburrida a veces y muy loca otras.

Tendré mis altibajos, porque de eso se trata la vida, de bajadas pero también de subidas. De errores, pero también de aciertos. De aburrirse pero también de crear.
Y lo que tenga que venir vendrá, pero mejor si le damos un empujón trabajando para que lo que venga sea algo mejor que lo que esperamos.
Así que, voy a seguir disfrutando de él, de su sonrisa inocente, sin pensar demasiado en ese preadolescente que me angustia, de sus abrazos que me ahogan, de sus miradas pícaras y de sus amagos de besos, seguiremos trabajando. Lo demás, Dios dirá…o quien sea.
 Y tú, ¿vives o sobrevives?