Tengo siete años y medio. Bueno, exactamente 7 años, 7 meses y  15 días.
   Y no sé hablar. 
  Papá dice que está convencido que voy a hacerlo.
   Mamá yo creo que ya no tanto. Aunque hubo un tiempo en el que sí, pero ahora me da la impresión de que ya no lo espera.
   Y es que para mí es muy difícil. Tengo que gastar un montón de energía en aprender y antes he de hacer muchas más cosas, cosas para mí más importantes. Porque, después de tanto tiempo, ellos y yo nos comunicamos bastante bien, como mamá ya os contó.

   Pero ahora….ahora necesito aprender a hacer otras cosas, y es que, ¡ni os imaginaríais todo lo que ya soy capaz de hacer! Y mola mucho ver las caras de mamá y papá cuando lo hago porque se quedan boquiabiertos, y luego se ríen, y aplauden y yo pues me río también y doy palmas. Y todos reímos y es una fiesta. Aunque digo yo que no es para tanto, que parece que estamos todos un poco mal de la olla, pero mi familia es así, algo disfuncional.
   ¡Y hago cosas que mis hermanos no saben o no se atreven! ¡Ja! ¿Quién es el más valiente? Pues yo. Y mi hermana me sigue de cerca. Es súper valiente también. El monstruo es más de boquilla. A la hora de la verdad es bastante miedica. Pero no se lo digáis.
   ¿Queréis saber qué puedo hacer?
   Puedo tirarme de cualquier altura sin miedo. Es más, como papá se descuide, me tiro solo. Digo papá, porque a mamá ni se me ocurre pedírselo que le da un parrús…

  
   Puedo hacer caso a mi profesora de natación en verano, y sólo a ella. A Sonia la entiendo perfectamente y ella me entiende a mí. No hay nada mejor que el agua. Es lo más divertido. Puedo moverme súper rápido, y me siento muy libre. Mientras estoy en el agua mamá permanece con la boca abierta y babea. Dice que tiene la mandíbula desencajada de sonreir y que se le coge un nudo en la garganta cuando me ve hacer esas cosas.
   He aprendido a flotar, a respirar debajo del agua, a mover las piernas un poco, los brazos, y hago apneas de más de 10 segundos. Ya me dejo el gorro puesto, y el último día de clase me dejé las gafas todo el rato. ¡No sabéis qué chulo es mirar debajo del agua! 
      
   También sé meterme sólo en la bañera, y lo que mejor se me da es quitarme la parte de abajo, aunque siempre, siempre hay un calcetín que se me resiste. Me gusta tanto que a veces no puedo esperar.

   Ya puedo coger la correa de mi perra. Mi madre dice que es un caballo percherón y la verdad es que es muy muy grande. A mí me impone un poco cuando llega corriendo y me chupa. Pero a cambio yo le tiro de la cola y le pego en el lomo y no me hace nada. Me gusta buscarla por las mañanas y la llamo gritando. Mamá no la quiere pero por mí se aguanta. 
   Sé columpiarme solo y sin caerme. Me subo, me bajo, me subo, me bajo, me doy impulso…Mi hermano no sabe. Y mi hermana aprendió hace poco. ¿Véis? Les he ganado! El día que lo hice solo mamá pegó un grito que por poco me caigo al suelo. Hija, controla…
   Y ahora, lo último ultimísimo es que ME ENCANTA recoger cosas y ordenar y colaborar. Casi casi me preparo el desayuno, ¿sabes? Saco mi plato, mi leche, mi colacao (es sin azúcar, es distinto, y la leche también), saco el bizcocho del horno, el medidor de la leche y la cuchara (aquí a veces me lío y saco una pequeña), y mamá lo calienta. 
   Cuando acabo lo coloco todo en su sitio, en el lavavajillas, el fregadero, en la basura. A veces mamá dice que tiro cosas a la basura que no van. Pero este verano estoy aprendiendo a diferenciar un envase lleno de otro vacío. ¿Cómo? Me lo pongo al lado de la oreja y lo muevo. Y mamá se parte.
   Y como estoy en racha, todo lo que hay por ahí lo voy colocando. A veces tienen que salir corriendo detrás porque me he llevado el café con leche recién puesto de mamá, o las tostadas. Es que chica, veo las cosas por medio y no me gusta nada. De momento yo a lo mío. Ya aprenderé a discriminar más tarde. Mamá dice que soy el más ordenado de los cinco, y yo les miro y me río. Soy genial.   

  Vive con lo que tu hijo puede hacer, mirarte, sonreir, respirar. No te lamentes pensando en lo que NO puede hacer ni en lo que se ha perdido. El sentimiento de derrota no te ayuda ni a tí ni a él. Cada minuto es un regalo. Y es el niño más feliz por haberte tenido como padre o madre. Eso es lo mejor.