Cuando un buen día, estás en el metro, línea 10 para ser más exactos, Tribunal para concretar al máximo y, al terminar esa incesante escalera del trasbordo tienes que pararte, tomar aíre, cogerte del costado, ves nublado, tu vida pasar ante tus ojos, y una niña te pregunta  “¿Estás bien señora?””Si, rica sí, es que estoy reflexionando un ratín, aquí entre cuatrocientas personas, tranquila”, es cuando de verdad de la buena te comienzas a plantear si a lo mejor no deberías comenzar a hacer algo de ejercicio. 
   Otra vez. Otro propósito de año nuevo, de trimestre nuevo, de día uno, de fin de vacaciones, de penitencia semanasantil…
   Entonces llegas a casa y por tener no tienes ni zapatillas de deporte. Ni sudadera. Ni nada nada de nada que se le parezca.
   Ay madreeeee…..que me voy haciendo mayor.
  A ver, yo soy de las que piensa -y actúa en consecuencia- que tener ropa deportiva en el armario significa que haces deporte. Punto. 
   Creo que la última vez que me calcé unos de esos, con cordones, no estaba ni embarazada de mi siete. Así que sí, ha pasado tiempo.
   No sé muy bien qué excusa poner. Bueno, si sirve el no haber tenido ni cinco minutos de soledad hasta el año pasado que coloqué a los tres en sendos centros educativos…porque ir a un gimnasio con un niño colgado de la teta no entraba en mis planes, y eso que soy fiel defensora de la lactancia prolongada.
   Total, que le pido a los reyes ropa deportiva. El año pasado. No este pasado, el anterior pasado.
  Y los reyes que pasan por casa de mi hermano-cuñada tienen a bien regalarme un conjunto DIVINO de algo que parece ser se llama cortavientos (que es la pera limonera: te lo pones y solo tienes que dejarte llevar) y mallas, rosas y violetas, que te hacen un tipín para morirte. Cuando me pongo a leer ese manual de instrucciones que viene bajo el seudónimo “etiqueta”, resulta que es para profesionales, está hecho de tejido anti no sé qué, y con una cobertura de no sé cuantos…
   Ya estoy sudando y aún no he empezado.
   Me voy a cambiarlo, con el permiso de sus majestades, por algo más marujil, nivel iniciación-no-puedo-con-mi-alma.
   Unas pelas. Alucino en colores. Con eso visto a uno de mis hijos para todo el año.
  Y el amable dependiente de dos por dos empieza, “¿Jooging, footing o running?”, “¿Pronador o supinador?”, “¿Trail o raid?”…y me siento, con los sudores de la muerte, como si estuviera en un examen, mordiéndome las uñas y mirando a mi costilla que no sabe donde esconderse, no sé si por vergüenza ajena o verdadera lástima…
   Para correr sin que se me salga el corazón por la boca, un ratín, por el monte, caballero…por aquello de la salud.
   El chico me mira raro…”¿Nivel amateur, pro…?”
   Madre psicóloga desconciliada ama de casa, ¿le vale?
   En ese momento pensé que dónde habían quedado esos chándal azules con las rayas blancas a los lados que usábamos años ha. O cuando salías a correr o a hacer algún deporte con cualquier pantalón deportivo, la sudadera de publicidad talla XXL que pillaras por casa, lo más vieja, porque total era para correr y sudarla.
  Ahora hay ropa interior deportiva push up, mallas reductoras, y zapatillas que te hacen tres centímetros más alta, además de bolsillos para smartsphone.
   O sea, que mientras corres puedes ligotear, pasar tu wassap, echar unos guiños y todo esto mientras quemas calorías y no se te mueve un pelillo de la cabeza.
   Pa lo que hemos quedao.
   De esto ha pasado un año. Y usarlo lo he usado todo un día, y aún me duelen todos los músculos de pensarlo.
   Este año sigue siendo un propósito, por salud, pero con mis zapatillas normales, mis mallas (que no leggins) normales, y mi sudadera normal de toda la vida, con la cara lavada y el moñete de turno.
   Y al que no le guste que no mire.