Domingo por la mañana, sentada delante del ordenador aprovechando cinco minutos cafeteros de silencio, previos a la vuelta a los quehaceres domésticos, tras dos días de convalecencia forzosa.

– “Mami” – “Dime hijo” (sin levantar la mirada)
– “Mmmmm…nechechito un MARTILLO”

En ese momento el sexto y el séptimo sentido maternal se ponen en alerta, y en menos de lo que tarda en producirse una sinapsis, doy un respingo y me planto delante de él con los brazos en jarras y desencajada.

– “PA-RA-QUÉ-QUIE-RES-EL-MAR-TILloooooooo” tratando de suavizar mi tono de voz.
– “Porque lo nechechito para golpear”
– “El qué hijo”
– “Ay, mami, ¿es que no me escuchas? Que lo nechechito”.
– “Pues hijo…esto….pues va a ser que no tenemos. Coge el de juguete” y yo rezando porque no recuerde donde está la caja de herramientas.

Y vuelve a hacerse el silencio.
Al cabo de un rato:

– “Mamiiiiii”
– “Quéeeee”
– “Nechechito una manguera”
– “Si hombre, de ninguna manera vas tú a coger la manguera, anda y vete a jugar con tu hermana”
– “Pero es que la nechechito”
– “No hijo, no la nechechitas” En cualquier caso, sé que me voy a arrepentir de esto pero lo pregunto “Para quéeeee?”
– “No, nada, cosas”

 A los 45 segundos oigo a su hermana gritar desgallitándose. Acudo corriendo pensando que se ha caído, que la jamelga de la perra la ha tumbado, vete tú a saber…y la veo chorreando de pies a cabeza y al otro con la manguera en la mano:

– “¿Ves?, la nechechitaba para mojarla”
– “¡¡Ay hijo!! ¿Es que no se te ocurre nada bueno?”- “Ay mamiii, si no yo no he sido,¡ ha sido la nutria!”
– “¿¿¿PERO QUÉ NUTRIAAAA??? ¡Anda y entra adentro que no respondo!

Y así transcurre un domingo más, en placidez, tranquilidad y armonía, cortesía del benjamín de la casa.
Hijo mío, cuando te recuerde esto dentro de unos cuantos años acuérdate bien, porque te las tengo todas guardaditas, bien guardaditas, de una en una…