Vivir en Melilla y plantearse salir a la península con tres niños es toda una osadía, porque, además de los maletones que nunca se acaban, supone barco y kilómetros en coche a porrón. Casi once horas que, te podrás imaginar se hacen largas, muuuuy  largas.
    Primero los preparativos, con niños ya algo más conscientes de lo que supone volver a ver a la familia y por tanto bastante más histéricos que un año atrás. Luego los nervios previos a, por no saber cómo va a transcurrir esa primera travesía, sobre todo cuanto tú, la trimadre ¡ohtodopoderosa! te mareas desde el instante en el que sacas la tarjeta de embarque un día antes. No puedes evitarlo y ahora, entras en pánico de pensar en tus náuseas amenizadas por cánticos, peleas, gritos y dibujos animados inacabables.
   Pero es que después de sobrevivir al crucero a medio gas, te esperan cinco horas de coche, y ahí no hay libertad de movimientos, ni camarote, ni zona de juegos.
   No recuerdo un viaje más largo en mi vida, pero ¿sabes una cosa? Estos se lo pasaron en grande, y, al final, es lo que queda, Eso, y la esperanza de no tener que volver a repetirlo hasta verano y no tener que volver a escuchar al tripadre cantar una jotica a pleno pulmón…
 

Empezando el día felicitando a
#Elde4
Espitosismo nivel 10

De aventura inspeccionadora